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Basta ya de disfrazar de saludables alimentos que no lo son

Basta ya de disfrazar de saludables alimentos que no lo son 600 450 Miguel A. Lurueña

A estas alturas parece una obviedad mencionar que la alimentación despierta cada vez más interés en la sociedad. Muchas personas están empezando a tomar conciencia de la enorme trascendencia que tiene la dieta sobre la salud y eso hace que la demanda de alimentos saludables sea cada vez mayor. Las empresas alimentarias lo saben bien, así que muchas de ellas basan sus estrategias de venta en ese aspecto. No es nada nuevo. Haciendo un poco de memoria es fácil recordar algunas campañas publicitarias que se hicieron tremendamente populares hace ya bastantes años, como aquella que decía que beber zumo te haría tan grande como tu primo, o la que alababa las propiedades de una famosa margarina enriquecida con vitaminas A, D y E. Por aquel entonces, la publicidad alimentaria estaba comenzando a ser un poco caótica en los países de la Unión Europea porque, al no existir una normativa armonizada que regulara ese tipo de declaraciones, las empresas podían decir casi cualquier cosa a la hora de promocionar sus productos.

Para tratar de poner un poco de orden y acabar con el “todo vale”, en el año 2006 se aprobó un Reglamento europeo que establece las normas que deben cumplirse para promocionar las presuntas bondades de un alimento. ¿Problema resuelto? Ni mucho menos. Lo que ocurre hoy en día es que muchas empresas se apoyan en esa legislación para hacer pasar por saludables alimentos que no lo son y para hacer creer a los consumidores que es necesario ingerir determinados productos para mantener un buen estado de salud. ¿Cómo es posible que ocurra esto? Para dar respuesta a esta pregunta es conveniente conocer primero algunos detalles relacionados con esa legislación.
Todas esas frases que se lanzan en las campañas publicitarias para alabar las propiedades de un alimento pueden ser de dos tipos: declaraciones nutricionales y declaraciones saludables. Las primeras hacen referencia a la energía o los nutrientes que el alimento proporciona (por ejemplo, “fuente de calcio” o “bajo contenido de azúcar”) y para que puedan ser utilizadas deben cumplir unos límites que establece la legislación. Por ejemplo, si se quiere incluir la declaración “sin azúcar”, el alimento debe tener como mucho un 0,5% de azúcar. Por su parte, las declaraciones saludables se refieren a la relación de un alimento o de alguno de sus componentes con la salud (por ejemplo, “el calcio contribuye al normal mantenimiento de los dientes”). Para poder ser empleadas, estas declaraciones deben estar respaldadas por evidencias científicas sólidas. ¿Qué significa esto? Imaginemos que hablamos de una empresa que fabrica yogur y quiere anunciarlo diciendo que las bacterias que contiene son buenas para reforzar el sistema inmunitario. Para poder hacerlo, primero debe enviar una solicitud a la Comisión Europea, aportando las evidencias científicas en las que se basa su petición. Si estas son sólidas, las autoridades aprueban la petición y definen la declaración que podrá acompañar a la sustancia en cuestión (por ejemplo “la bacteria X contribuye al normal funcionamiento del sistema inmunitario”). Pero eso no es lo que suele ocurrir. En la gran mayoría de los casos no hay evidencias suficientes y las solicitudes son rechazadas.


¿Qué hace entonces la empresa? Como no puede decir que su bacteria tiene efectos beneficiosos para la salud, suele optar por otras estrategias. A veces le echa imaginación y elabora campañas publicitarias para insinuar que su producto aporta beneficios, sin afirmarlo abiertamente. Es lo que hacen por ejemplo algunos productores de leche sin lactosa al sugerir que ese alimento es mejor para todo el mundo, cuando en realidad sólo presenta ventajas para las personas intolerantes a ese azúcar. El uso de ese tipo de ambigüedades no está permitido porque puede llevar a engaño al consumidor, pero es algo que suele ser difícil de determinar y que, llegado el caso, depende del criterio de un juez.

De todos modos, no es necesario que la empresa se complique la vida tratando de sortear la normativa o buscando resquicios legales, ya que puede optar por una estrategia mucho más sencilla y perfectamente legal. Sólo tiene que acudir al listado de declaraciones saludables que han sido aprobadas, elegir una de las sustancias que ahí aparecen y añadirla a su producto. Por ejemplo, si la empresa quiere decir que su yogur contribuye al normal funcionamiento del sistema inmunitario, sólo tiene que añadir vitamina B6, para la cual sí está aprobada esa declaración. Esto mismo se puede hacer con cualquier tipo de alimento, así que los fabricantes pueden añadir esa vitamina a un pastelito de chocolate o a un paquete de azúcar y promocionar sus beneficios para nuestras defensas. Brillante ¿verdad? Lo que se suponía que era una normativa para regular los despropósitos publicitarios, resulta que, no sólo es inefectiva, sino que además pone en bandeja las herramientas para maquillar los alimentos insanos y hacerlos pasar por saludables.

Esta práctica es posible debido a que en el Reglamento existe un agujero legal del tamaño de Plutón. Se supone que en el año 2009 se iban a definir unos perfiles nutricionales para evitar que los productos insanos (por ejemplo, con exceso de azúcar o sal) pudieran ser promocionados mediante el uso de declaraciones saludables o nutricionales. Nueve años después seguimos esperando por ello. Esto es algo que llama poderosamente la atención, porque definir unos perfiles nutricionales es una tarea sencilla. ¿Por qué no se ha hecho todavía? Eso es precisamente lo que se preguntan numerosos profesionales y organizaciones de consumidores de toda Europa, que llevan años denunciándolo. Sorprende además que un reglamento que es tan sumamente exigente a la hora de aprobar las declaraciones de salud, cojee por algo tan simple como los perfiles nutricionales.

 

Por otra parte, es posible que la aprobación de esos perfiles, si es que llega algún día, no ponga solución al problema. Quizá resulte útil para evitar que los alimentos insanos sean promocionados mediante ese tipo de declaraciones, pero existen otras posibilidades para disfrazarlos de saludables, como la utilización de avales y sellos de entidades relacionadas con la salud, que es algo que se lleva haciendo desde hace años. Además, hay que tener en cuenta que las declaraciones de propiedades saludables suelen ser malinterpretadas por el consumidor. Continuando con el ejemplo anterior, cuando leemos que la vitamina B6 contribuye al normal funcionamiento del sistema inmunitario lo que solemos pensar (porque así nos lo hacen creer) es que su consumo evita los resfriados o refuerza nuestras defensas, de manera que cuanta más tomemos, mejor será el resultado. Sin embargo, esa declaración solamente significa que el sistema inmunitario necesita vitamina B6 para funcionar con normalidad. Tomar más cantidad de la necesaria no mejorará el resultado, del mismo modo que un escritor no hará mejor ni más rápido su trabajo por el hecho de tener veinte máquinas de escribir. Pero es que además, una dieta normal es suficiente para cubrir nuestras necesidades de vitamina B6, y lo mismo se puede decir de otras sustancias que con las que se suelen enriquecer los alimentos, así que no hay nada que temer en ese aspecto.

El problema de fondo es que estamos acostumbrados a alimentarnos pensando en nutrientes y sus propiedades (por ejemplo, comemos lentejas porque se supone que tienen hierro y eso es bueno para la anemia). No es de extrañar, porque eso es lo que se enseña en todas partes: desde colegios hasta universidades, pasando por las campañas publicitarias y los envases de alimentos. Esa tendencia, que se conoce como nutricionismo, no hace más que complicarnos la vida y despistarnos. Por eso pensamos que unos cereales de desayuno enriquecidos con vitaminas y minerales son saludables. Nos fijamos en su etiquetado nutricional y vemos un montón de hierro, calcio, vitamina D, etc. en lugar de observar el producto con un poco de perspectiva para ver que se trata de un alimento insano, compuesto principalmente por harinas refinadas y azúcar. Así pues, la solución pasa por olvidarnos de los nutrientes y sus propiedades para centrarnos en el conjunto del alimento.

Este artículo fue publicado originalmente en El Confidencial