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¿Qué hacemos con la comida después de un apagón?

¿Qué hacemos con la comida después de un apagón? 1080 1079 Miguel A. Lurueña

Después de un apagón como el que acabamos de vivir, una de las preguntas más frecuentes que nos hacemos tiene que ver con la comida. ¿Qué pasa con los alimentos perecederos que tenemos en el frigorífico y el congelador? ¿Es seguro comerlos? ¿Debemos tirarlos?

El gran apagón que se ha producido recientemente en la Península Ibérica ha pillado ha casi todo el mundo por sorpresa. Parece que ya ha pasado lo peor, y ahora una de las grandes preguntas que más se repiten tiene que ver los alimentos perecederos que teníamos en el frigorífico y en el congelador. A continuación trataremos de dar algunas pistas para saber cómo actuar.

Las claves están en la temperatura y el tiempo

El principal riesgo que existe en estas situaciones está asociado al posible desarrollo de bacterias patógenas, capaces de causarnos enfermedades que pueden ir, desde una simple gastroenteritis, hasta otras complicaciones bastante más serias.

La mayoría de las bacterias que se asocian a los alimentos pueden desarrollarse con facilidad a temperaturas comprendidas entre los 5ºC y los 60ºC, aproximadamente. Pero suelen crecer más rápido a temperaturas comprendidas entre los 25-35ºC.

De todos modos, la velocidad de crecimiento no solo depende de la temperatura, sino también de otros factores, como el tipo de bacteria. Por ejemplo, Salmonella es capaz de duplicar su número cada 15 o 20 minutos en condiciones óptimas de temperatura. Para hacernos una idea, si dejáramos una tortilla a temperatura ambiente, podría ser segura para el consumo inmediatamente después de haberla cocinado, incluso aunque tuviera unas pocas células de Salmonella. Pero como esta bacteria se multiplica tan rápido, al cabo de unas pocas horas podría presentarse en cantidades capaces de causarnos una salmonelosis.

Cuando refrigeramos los alimentos entre 0ºC y 4ºC, que es la temperatura que se recomienda tener en el frigorífico, la velocidad de crecimiento de las bacterias se reduce notablemente. Y cuando los congelamos, prácticamente se detiene (eso sí, la congelación no acaba con las bacterias).

Así pues, el problema en caso de fallo del suministro eléctrico es que, a medida que pasa el tiempo, la temperatura en el interior de este electrodoméstico puede ir aumentando, lo que puede favorecer el desarrollo de bacterias patógenas, con el riesgo que eso puede suponer para la salud.

¿De cuánto tiempo estamos hablando?

Por lo general, se considera que es seguro consumir los alimentos del frigorífico si la falta de suministro eléctrico no ha durado más de 4-6 horas. En el caso del congelador, lógicamente el periodo es más largo y se considera que los alimentos son seguros si el apagón no ha durado más de 24-48 horas.

Como podemos imaginar, estas cifras son orientativas, porque el aumento de la temperatura en el interior del frigorífico o del congelador está influido por muchos factores, como la temperatura del exterior, la temperatura que había inicialmente en el interior, las características del frigorífico (por ejemplo, el grado de aislamiento, la hermeticidad…) o la cantidad de alimentos que tengamos dentro (cuanto más lleno esté, más tiempo se va a mantener el frío).

Un aspecto clave: el tipo de alimento

Otro aspecto importante a tener en cuenta es que no todos los alimentos son igual de vulnerables.

Algunos son especialmente sensibles y conviene desecharlos si han transcurrido más de esas 4-6 horas. Entre ellos: carne cruda, pescado crudo, huevos crudos fuera de su cáscara, salsas y cremas (como mayonesa casera, bechamel, crema pastelera, nata, etc.), vegetales cortados (frutas, verduras, hortalizas), sobras y comidas preparadas (guisos, arroz, pasta, etc.), zumos frescos (o envases abiertos), leche pasteurizada, leche UHT (la convencional de tetra brik) si hemos abierto el envase, gazpachos y similares, loncheados (embutidos, quesos, fiambres, etc.), alimentos de 5ª gama, que a grandes rasgos son los que están listos para consumir y se venden en la sección de refrigerados: ensaladas de bolsa, untables (guacamole, humus, etc.), platos preparados (lasaña, tortilla de patatas, etc.), etc.

Otros alimentos pueden mantenerse en buenas condiciones sin problema, como las frutas y las hortalizas enteras, los huevos (en este caso conviene evitar los cambios bruscos de temperatura para evitar condensaciones), los alimentos muy ácidos (por ejemplo, los encurtidos, como un bote de pepinillos, incluso aunque ya esté abierto), los que tienen mucha sal (como el bacalao), mucho azúcar (por ejemplo, la mermelada) o los que tienen baja actividad de agua (por ejemplo, quesos curados o embutidos, siempre que no estén loncheados).

Nuestros sentidos no siempre son fiables

Cuando dudamos si un alimento es apto para el consumo o no, lo primero que solemos hacer es poner en práctica nuestros sentidos: observarlo, para ver si tiene buen aspecto; olerlo, para ver si no tiene un olor desagradable, e incluso probarlo, para comprobar si tiene buen sabor.
Es cierto que si el alimento parece deteriorado por presentar mal aspecto, mal olor o mal sabor, lo más probable es que lo esté.

Pero lo contrario no es garantía de que el alimento sea inocuo.

Y es que muchos de las bacterias patógenas que pueden crecer sobre los alimentos, no provocan alteraciones sobre ellos. Por ejemplo, una tortilla contaminada con Salmonella o con Listeria, puede tener el mismo aspecto, olor y sabor que otra que no esté contaminada con estos patógenos. Así que no debemos fiarnos al 100% de nuestros sentidos como un criterio único e infalible a la hora de decidir si el alimento es apto para el consumo o no. También debemos considerar todo lo que hemos comentado con anterioridad.

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